Voy a contar mi experiencia, mis vivencias para acabar formándome en psicomotricidad y como llegué a ser psicomotricista.

Cuando acabé mis estudios pre-universitarios, que en mi época se llamaban COU (si, ya tengo una cierta edad), recuerdo que dudaba entre dos carreras: Historia y Magisterio (especialidad Educación Infantil). Y me decidí por Historia. Duré un año. Me dí cuenta que ese no era mi camino.
Y ahí que empezó mi andadura por el mundo infantil, empezando a estudiar el equivalente al actual ciclo formativo de F.P. de grado superior de Educación infantil, que en su momento era Técnico especialista en jardín de infancia. Y ahí empecé a impregnarme de la magia de los niños.
Al acabar estos estudios me enganché a realizar Magisterio, especialidad Educación Infantil.

      A veces, cuando me pongo a pensar por qué cogí el camino del mundo infantil, me viene la sensación de que, desde siempre, he creído en los niños, esas personitas que, aunque no tienen recursos, ni habilidades sociales, ni físicas, sí tienen sentimientos, emociones; que son sabios y que, por ser pequeños, por depender de los adultos, muchas veces han sido, son y serán maltratados, no sólo físicamente, sino psicológicamente, emocionalmente. Y eso les impide poder desarrollarse como seres humanos plenos, con todas sus potencialidades y capacidades para poder integrase en la sociedad.

     Dentro de mí, en un rincón muy, muy profundo, había una semilla: la convicción del derecho que tienen los niños a ser acogidos, escuchados, respetados, como seres importantes de esta sociedad. Y tratar así a los niños, con estos valores, hace que crezcan con una autoestima alta, con confianza en sí mismos y en el mundo.
Esa inquietud interna de ser respetuosa con los peques, de que una buena base hace adultos responsables, adaptables al mundo y relativamente felices, se afianzó mucho más después de la lectura de mi primer libro sobre los niños, que yo siempre recomiendo a los futuros padres, a padres ya en ejercicio o a gente que trabaja con niños, y que a mí me marcó definitivamente: “El niño Feliz”, de Dorothy Corkille Briggs, que en el 2012 iba ya por la 31ª edición (por algo será). El libro me lo regaló una gran amiga a raíz de mi primer embarazo, que a la vez coincidió con en el inicio de mi andadura por el fantástico mundo de la infancia. Todo esto me ayudó a darle forma a esa inquietud interna y a ponerla en práctica primeramente con mis hijos y luego con los niños que me fui encontrando por el camino.
La lectura del libro, la formación que iba adquiriendo y mi experiencia como madre, hizo que esa inquietud, esa semilla, empezara a crecer, a ser más consciente de ese movimiento interno propio que me hacía ver de manera diferente a los niños y niñas.

     Durante mis años de estudio, tanto en FP como en Magisterio, me impactó, durante la realización de las prácticas, el trato que recibían los niños por parte de las educadoras y de las maestras. Recuerdo especialmente mis primeras prácticas durante los estudios de Educaducación Infantil, que fue realmente mi primer contacto directo con niños siendo adulta y ya decidida a andar por esta senda de la educación infantil. En ese momento carecía de una base teórica, porque las prácticas, en esa época, comenzaban en el primer trimestre del curso.
Ya el nombre de las escuelas infantiles en esos momentos (y que hoy en día aún se sigue utilizando), me “chirriaba” (y aún lo hace): “g u a r d e r í a”. A mediados de los años 80, que es cuando yo empecé mi formación como educadora, esta palabra estaba al orden del día, pero ya había centros infantiles que se denominaban Escuelas Infantiles. Obviamente, donde realice mis primeras prácticas era una guardería; y era eso: una planta baja donde se guardaba a los niños mientras sus padres trabajaban. Recuerdo mucho el trato de las personas que trabajan allí (no puedo llamarlas educadoras) para con los niños: gritos, malas maneras, algún que otro cachete, no había escucha, ni respeto, ni acogida por parte de los adultos hacía las personitas que estaban a su cargo.
No podía comprender como trataban así a los niños, me sentía mal y empatizaba sólo con los peques; y aunque no tenía base teórica, a mí, esa forma de trabajo y de trato a los niños me hacía sentir mal: dentro de mí sentía que esa no era la forma y el modo de estar con los niños.
Recuerdo especialmente a dos niñas inquietas, activas, que eran amigas e inseparables. Eran las típicas a las que les dabas una consigna y no hacían caso, te retaban, no escuchaban las normas. En una de esas, en que yo intentaba que me hicieran caso a través del dialogo, de la palabra, las trabajadoras me dijeron: “al principio actúas así pero luego, les pegarás”. Al oírlo me quedé pasmada, sin palabras, pero segura dentro de mí, de que no era la forma de tratarlos. Una de las profesoras del instituto, con la que tenía confianza, me preguntó por las prácticas y le conté todas mis inquietudes y mi malestar. Y me ofreció seguir haciendo las prácticas en otra escuela, la primera escuela Montessori de Alicante (en esa época yo vivía allí). Y… ¡menudo cambio!. El cambio fue a todos los niveles: de instalaciones, de trabajo, de formación de las educadoras y del trato a los niños. Pensé que mi intuición estaba en lo cierto. (Seguir leyendo)